¿Por qué los políticos “matan” al mensajero? El caso de América Latina

Una de las grandes sorpresas que regala América Latina a los novatos curiosos de la comunicación es el vínculo entre los políticos y la prensa. Son la excepción los países del continente donde se mantiene una relación, no sólo de aparente cordialidad, sino de comprensión mutua de los roles entre la clase dirigente y aquellos que están llamados a fiscalizar su gestión.

El contrapoder ejercido con libertad “sagrada” sirve al poder igual que el poder mismo.

Fiscalizar su gestión. Esa es la clave incomprendida. Si los medios de comunicación desean ofrecer información veraz y contrastada deben ejercitarse y, para ello, ponen en marcha mecanismos de observación, análisis, investigación y denuncia de las actividades de quienes toman las decisiones. Y ello no es así para mayor gloria del periodista o el diario de turno -que sucede en ocasiones- sino que está en la misma esencia del periodismo. El contrapoder ejercido con libertad “sagrada” sirve al poder igual que el poder mismo.

Sea como fuere el origen y el motivo, la miopía de muchos dirigentes lationamericanos no está tanto en comprender o asumir esta teoría, sino en no saber lidiar con ella. Por mucha repulsión que a algún cacique sudamericano le pueda provocar la sarta de críticas de un periódico hacia su persona o su gestión, la peor de las soluciones es silenciarlo a través de las amenazas o una legislación perjudicial que atente contra las libertades. Y no lo digo por el bien del sistema democrático, sino por su propio bien.

No conozco a ningún político que no quiera ser recordado como un estadista (o en sus diferentes versiones, como un “reformador”, “revolucionario”, “salvador”) aunque no actúe como tal. Y para poder alcanzar ese objetivo, la condición si ne qua non es que sean otros los que así te definan. Como suele decirse, que sea el tiempo el que te ponga en ese lugar. Y, nuevamente, para que eso ocurra, los periodistas, como narradores del presente y memoria histórica para el futuro, han tenido que hacer ese trabajo. La conclusión es bastante evidente llegados a este punto: ponerse a la prensa en contra es uno de los mayores errores de gestión de un presidente de gobierno o jefe de estado. Y, en definitiva, de cualquier político.

 

Pero entonces, ¿cómo entendemos que, en Argentina, Cristina Fernández de Kichner haya aprobado una ley específicamente contra Clarín y La Nación para cercenar sus ingresos? ¿Por qué Rafael Correa, en Ecuador, ha iniciado dos procesos judiciales contra periodistas y ha aprobado una reforma electoral que limita la libertad de prensa? ¿Por qué cree Ricardo Martinelli que mejorará su imagen si se enfrenta a todos los medios de comunicación panameños? Venezuela merecería capítulo aparte y encontramos otros buenos ejemplos que ilustrarían la agresiva actitud de los políticos en América Latina hacia la prensa de sus países. Si todas estas acciones han soliviantado a los medios y, en consecuencia, a la opinión pública, ¿en qué benefician?

Se me ocurren diversas respuestas para el corto plazo: tapar un escándalo con otro, crearse un enemigo contra el que poder salir victorioso, aparecer como un líder víctima de las ansias de poder de la prensa… Pero, para el largo plazo, ninguna de ellas justifica comenzar esa “guerra”. Ninguna.

Me diréis que muchos asesores que trabajáis o trabajan con políticos ya se encargan cada día de recordárselo pero ellos se han liado la manta a la cabeza y han decidido emprender esa batalla al margen de la opinión profesional. No saben lo que están haciendo; es un suicidio para la historia.

En mi opinión, el político que esté buscando mejorar la percepción pública que de él se tiene y se tendrá debe:

  • Respetar escrupulosamente lo publicado por la prensa de igual manera que se respetan los procesos judiciales. Se puede estar en desacuerdo pero debe enfatizarse públicamente la importancia de la libertad de expresión.
  • Respetar a la prensa como institución, como mecanismo de control sano de la gestión política, procurando transmitir permanentemente esta idea a la opinión pública.
  • Dedicar un trato exquisito a los periodistas. Si estamos dispuestos a aceptar que es el cuarto poder, un periodista es un como un juez, un alto funcionario, un diputado. Es la expresión viva de la democracia.
  • Olvidarse de iniciar la mínima iniciativa legislativa contra la prensa o contra la libertad de expresión. Ni encubierto en decretos ni reformas electorales ni en decisiones ejecutivas u tácticas.
  • Demostrar el acceso directo de la prensa hacia el líder: demostrar transparencia y cercanía con periodistas, lo que implica que están prohibidas las ruedas de prensa sin preguntas (Rajoy) ni las legislaturas enteras sin entrevistas (CFK).
  • Multiplicar las apariciones públicas del dirigente o de su equipo de comunicación o voceros.

Aceptadas estas reglas del juego, el trabajo es ahora de los asesores y en cómo usar esa cercanía y relación transparente con los periodistas para convertirlo en impactos positivos para el equipo de gobierno.

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Acerca de ruizmateos

Gerente en la operación de Panamá de LLORENTE & CUENCA, primera consultoría de comunicación de España y Latinoamérica
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Una respuesta a ¿Por qué los políticos “matan” al mensajero? El caso de América Latina

  1. rak in rio dijo:

    Carlos, en Brasil lo que pasa es que los medios mayoritarios fiscalizan menos a la derecha que a la izquierda. Yo creo que Dilma está lidiando mejor con ellos que Lula, pero en la gestión de FHC o de Sarney también hubo descalabros mucho menos “mediatizados”.
    Abrazos!

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